Renuncié a una fortuna por la hija que mi padre intentó ocultarme: el secreto detrás de mi boda cancelada

en sus ojos ya no habitaba el miedo constante que la acompañó durante años.

—No te pido que me perdones hoy —le dije con suavidad—. Sé cuánto daño causé y que tendré que ganarme mi lugar cada día. No tengo más que unos ahorros y mi profesión de arquitecto, pero te juro que no volveré a marcharme. Las voy a proteger siempre, si me permites quedarme.

Naomi se arrodilló a mi lado y posó su mano cálida sobre mi mejilla:

—Regresaste —susurró entre lágrimas.

—Regresé a casa, Naomi.

Nos abrazamos