en sus ojos ya no habitaba el miedo constante que la acompañó durante años.
—No te pido que me perdones hoy —le dije con suavidad—. Sé cuánto daño causé y que tendré que ganarme mi lugar cada día. No tengo más que unos ahorros y mi profesión de arquitecto, pero te juro que no volveré a marcharme. Las voy a proteger siempre, si me permites quedarme.
Naomi se arrodilló a mi lado y posó su mano cálida sobre mi mejilla:
—Regresaste —susurró entre lágrimas.
—Regresé a casa, Naomi.
Nos abrazamos