de las piernas de Naomi asomó una cabecita con rizos oscuros. Bella, en su pijama amarillo con figuras de jirafas, sostenía a su elefante de peluche contra el pecho. Me miró con sus ojos grandes y expresivos, reconociéndome:
—¿Señor del avión? —preguntó.
Me arrodillé sobre la madera del porche para quedar a su altura. Un nudo en la garganta apenas me permitía modular las palabras:
—Hola, Bella. ¿Te acuerdas de mí?
La pequeña asintió con seriedad, dio un paso adelante y me extendió el juguete:
—Elli quiere un abrazo.
Tomé