victorioso. Marko entró cargando un maletín de cuero oscuro, visiblemente agitado, con la corbata desajustada y una sonrisa triunfal grabada en el rostro.
—¡Llegaste, hijo! —exclamó Vesna, poniéndose de pie con los brazos abiertos—. ¿Salió todo bien?
—Mejor de lo que pensaba, mamá —respondió Marko, dándole una palmada al maletín—. Todo resuelto.
En ese momento, sus ojos se cruzaron con los míos cuando salí de la cocina.
La sonrisa se le congeló de golpe. El color desapareció de sus mejillas, dejándolo tan pálido como una hoja de papel. Sus dedos