esa peste.
No respondí con rabia ni alcé la voz. Me acerqué al armario del pasillo, saqué un aromatizante de lavanda y rocié un poco en el ambiente con una calma calculada.
—Tienes razón —dije con un tono neutro y sumiso que jamás había usado en mi vida—. Fue imprudente de su parte venir sin avisar.
Vesna sonrió con una satisfacción venenosa, acomodándose los collares dorados:
—Al fin entiendes cómo funcionan las cosas en una familia decente, Ana. Marko siempre ha sido demasiado blando contigo, pero nosotras estamos aquí para