una calle cerrada, enorme, silenciosa, perfecta hasta lo irreal.
A primera vista parecía un sueño.
A segunda, se sentía como un escenario preparado demasiado deprisa.
Esa noche subí a la habitación principal con las manos temblando.
Todo olía a madera nueva y a flores caras.
Ethan estaba sentado en el borde de la cama, todavía con la camisa de la boda, mirando el suelo.
Cuando me acerqué, levantó la vista y dijo mi nombre como si le costara respirar.
—Antes de que empieces a odiarme, necesito que sepas algo.
Le