pregunté por qué habría de odiarlo.
Él tragó saliva, puso una mano sobre la manta y me pidió que no me asustara.
Yo misma levanté la sábana.
Debajo había dos piernas delgadas, inmóviles, cruzadas por cicatrices antiguas que subían desde las rodillas hasta perderse bajo la tela del pantalón corto terapéutico.
Sentí un golpe en el pecho, pero no de miedo.
De dolor por él.
Ethan me contó que desde el accidente de hacía tres años no sentía nada de la cintura hacia abajo.
La familia había ocultado el alcance