entró sin esperar invitación, acompañada por un abogado y un notario.
Llevaba un traje crema impecable y una sonrisa que daba más miedo que un grito.
Dijo que solo faltaba una formalidad para proteger nuestro patrimonio matrimonial.
Puso una pluma sobre la mesa y deslizó los documentos hacia mí.
Vi mi nombre, el de Ethan y la palabra representación repetida varias veces.
Mi pulso se disparó.
Antes de que pudiera leer la segunda página, Ethan habló con una firmeza que yo no le había escuchado jamás.
—No va a firmar