no pude hacer porque no estaba allí.
Marisol negó con la cabeza.
—Cualquiera lo habría hecho.
—No.
Arturo la miró.
—No cualquiera habría recorrido media ciudad para encontrarla.
Marisol no respondió.
—Vamos a casa —dijo él.
Cuando entraron al departamento, Sofía estaba sentada en el piso de la sala.
No había querido jugar.
No quería ver televisión.
Apenas había comido.
Escuchó abrirse la puerta.
Giró la cabeza.
Vio primero a Arturo.
Después vio a Marisol.
Durante un segundo no ocurrió nada.
Entonces Sofía se levantó de golpe.
—¡Mimi!
Corrió.
Marisol