resistir la tentación de convertir su dolor en una conclusión.
Esa noche durmió poco.
No por las fotos.
No por Paula.
Lo que volvía una y otra vez era la firma.
Su nombre trazado por otra mano.
Durante años, la casa heredada de su abuela había sido el lugar que Lucía consideraba completamente suyo.
No porque fuera lujosa.
No porque representara una inversión.
Sino porque había sido la última decisión concreta de su abuela a su favor.
Álvaro lo sabía.
Había vivido ahí con ella.
Había colgado sus chamarras en