pasado quince años construyendo un imperio.

Quince años levantando laboratorios, comprando patentes, contratando a los mejores investigadores, ganando premios que otras personas colocaban en vitrinas para sentirse completas.

Yo no.

Yo siempre miraba el siguiente contrato.

La siguiente ronda de inversión.

El siguiente edificio.

La siguiente adquisición.

Creía que todo lo que importaba podía medirse, comprarse, recuperarse o reemplazarse.

Pero en seis días perdí algo que ningún dinero del mundo podría devolverme.

—¿Dónde está mi esposa? —exigí.

La enfermera que estaba junto a la cama vacía no retrocedió.

Me miró