presente ante la vergüenza de otro.

Al amanecer, mi abogado tenía suficiente para presentar denuncias internas y preparar acciones legales.

Yo tenía suficiente para destruir a Bernard.

Pero no tenía lo único que quería.

Una dirección.

Una puerta.

Un lugar donde arrodillarme y decirle a Meline que lo había leído todo.

Que lo sabía todo.

Que no pediría perdón para ser absuelto.

Que solo quería que ella supiera que, por fin, la verdad había llegado tarde pero completa.

A las ocho de la mañana, Rosa apareció en recepción.

No sé