Meline miró la caja.

Luego me miró a mí.

—Puedes pasar —dijo—. Pero no para hablar de ti.

Asentí.

Entré despacio.

El estudio olía a té, madera vieja y lluvia.

Sobre la mesa estaban las huellas de Noah, una manta doblada, un sobre con documentos médicos y una fotografía boca abajo.

Meline se sentó con cuidado.

Yo me arrodillé frente a la mesa, no frente a ella.

Frente a nuestro hijo.

—Hola, Noah —dije.

La voz se me rompió.

No hubo milagro.

No hubo música.

No hubo perdón repentino.

Solo