mí.
Meline habló después de mucho rato.
—No sé si alguna vez podré perdonarte.
—Lo sé.
—No sé si quiero que formes parte de mi vida.
—Lo sé.
—Pero Noah existió.
Miré la fotografía.
—Sí.
Ella apretó la manta entre sus dedos.
—Y no permitiré que lo conviertas en tu tragedia pública, en tu redención o en otra cosa que puedas controlar.
La miré.
—No lo haré.
—No te creo todavía.
—No tienes que creerme hoy.
Esa fue la primera cosa honesta que dije sin esperar premio.
Afuera empezó a