nuevos gastos que requieran mi aprobación.
No estaba buscando venganza.
Necesitaba impedir que Mercedes siguiera moviendo piezas mientras él todavía ignoraba cuántas había tocado.
Después llamó a su madre.
Mercedes contestó al segundo tono.
—Gabriel, ¿ya firmaste la venta?
Él miró la casa a través del parabrisas.
—No.
Silencio.
—¿Por qué?
—Encontré a Isabel.
La respuesta tardó demasiado.
Sólo dos segundos
techo mostraba humedad.
La cerca estaba vencida de un lado.
Pensó en la casa amplia donde vivía Mercedes y en las transferencias mensuales que él había autorizado durante años