Mercedes siguiera moviendo piezas mientras él todavía ignoraba cuántas había tocado.
Después llamó a su madre.
Mercedes contestó al segundo tono.
—Gabriel, ¿ya firmaste la venta?
Él miró la casa a través del parabrisas.
—No.
Silencio.
—¿Por qué?
—Encontré a Isabel.
La respuesta tardó demasiado.
Sólo dos segundos
quizá.
Pero Gabriel conocía a su madre.
Mercedes nunca necesitaba dos segundos.
—¿A quién?
—No hagas eso.
La voz de Gabriel bajó.
—Encontré a Isabel. Está viva. Y tiene un hijo de diecinueve años.
Mercedes respiró al otro lado.
—Gabriel, hay cosas