que no entiendes.
Ahí estaba.
No preguntó cómo era posible.
No expresó sorpresa.
No dijo que él debía estar equivocado.
Dijo que había cosas que no entendía.
Gabriel apretó el volante.
—Mañana voy a verte.
—No hace falta dramatizar.
—Diecinueve años, mamá.
—Yo hice lo que creí mejor para ti.
Gabriel cerró los ojos.
Aquella frase terminó de derribar cualquier posibilidad de error inocente.
—Mañana.
Colgó.
Mercedes lo recibió al día siguiente en la casa que Gabriel había comprado para ella doce años atrás.
Estaba vestida como si esperara una