dureza.
No confianza.
Todavía no.
Pero sí resistencia.
—Adrián tiene derecho a decidir qué quiere hacer contigo —dijo.
—Lo sé.
Gabriel volvió hacia el muchacho.
—Y si decides que no quieres verme, lo voy a respetar.
Adrián miró al hombre que durante toda su vida había imaginado como alguien indiferente.
Ahora tenía delante a una persona que parecía tan engañada como ellos, aunque de una manera diferente.
Eso no borraba la ausencia.
Sólo cambiaba su significado.
—Quiero una prueba —dijo Adrián.
Gabriel asintió.
—La que tú quieras.
—De que eres