tu futuro por una finca y una vida demasiado pequeña», le decía.
Entonces él lo había interpretado como la dureza habitual de una madre ambiciosa.
Ahora sonaba distinto.
Adrián levantó
la vista.
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—Aquí dice que tú sabías que yo había nacido.
—No lo sabía.
—Eso ya lo dijiste.
—Y es verdad.
Adrián apretó la carta entre los dedos.
—Yo crecí pensando que mi padre sabía perfectamente dónde estábamos y simplemente no quería venir.
Gabriel tragó saliva.
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Podía comprar hoteles, edificios y terrenos sin titubear.
Podía sentarse frente a