inversionistas y discutir cifras enormes sin que le temblara la voz.
Pero no podía defenderse de aquella frase porque entendía que, para Adrián, diecinueve años de ausencia pesaban más que cualquier explicación pronunciada en una tarde.
—No voy a pedirte que me creas hoy —dijo Gabriel—. Sólo te pido que no destruyas esa carta.
Isabel lo miró con desconfianza.
—¿Para qué?
Gabriel señaló el sobre que todavía sostenía.
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—Porque la primera carta supuestamente la escribí yo. Esta la escribió mi madre. Si las dos forman parte de lo mismo,