honesto de sus vidas. Esperaban de mí que supiera defenderlo con integridad, que tomara decisiones responsables y que jamás quebrantara mi palabra empeñada ante terceros.
Marcus intentó buscarme meses después, dejando cartas de arrepentimiento bajo la puerta de la administración. No le respondí ninguna. Comprendí que los lazos de sangre no le otorgan a nadie el derecho a manipularte, pisotear tus límites o arrebatarte lo que es tuyo por derecho. Quien es capaz de aplaudir el despojo mientras tu vida pende de un hilo no merece llamarse familia.
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