Volví sin avisar a Valencia y escuché a mi padre pedir permiso para sentarse en la mesa que él mismo construyó. Mis padres cenaban en el cuarto de herramientas mientras Nuria brindaba en su salón. Ella dijo: “Mejor comed en vuestro cuarto para no molestar”. No discutí, bloqueé las cuentas y llamé a mi abogado, hasta que vi lo que mi padre escondía bajo la tabla.

La autorización dudosa fue impugnada y un perito concluyó que la firma presentaba indicios claros de imitación.

Manuel y Carmen recuperaron sus tarjetas, sus llaves y su dormitorio.

El primer gesto de Manuel no fue cambiar cerraduras.

Fue mover una silla.

La vieja silla de madera que él mismo había construido cuando Nicolás tenía 9 años seguía arrinconada junto al pasillo. Manuel la tomó por el respaldo, la arrastró hasta la ventana del salón y se sentó.

Carmen le llevó café.

Nicolás los observó sin decir nada.

Al día siguiente