prisas.
Meses después, una tarde de lluvia, llegó al chalet sin avisar.
Encontró a Manuel junto a la ventana, reparando un cajón.
Carmen se reía porque él insistía en que ninguna madera estaba perdida si alguien tenía paciencia.
La casa era la misma.
No era más grande.
No era más lujosa.
Pero había recuperado algo que ningún notario podía escribir en una escritura: la dignidad de quienes vivían dentro.
Nicolás miró la puerta principal abierta y comprendió por fin lo que durante años no había querido ver.
Sus padres nunca