juntos, podremos levantar un hogar donde sea.
Jamás tuvimos la oportunidad de comprobarlo. Cuatro años más tarde, cuando yo tenía dieciséis, un infarto fulminante apagó la vida de mi padre mientras dormía.
A partir de su entierro, la amargura de mi madre se tornó corrosiva. Cada vez que yo recordaba a papá con cariño, ella me interrumpía con frialdad:
—Tu padre nos quería mucho, Olivia, pero el amor no pagó la hipoteca ni nos mantuvo un techo sobre la cabeza.
Yo nunca supe qué responderle. Porque al evocar la memoria