a cartón húmedo. Recuerdo a mi padre de pie en el umbral de la cocina, acariciando con los dedos las marcas que trazaba a lápiz en el marco de madera para registrar mi estatura cada cumpleaños. Eran líneas irregulares de distintos colores; un año utilizó un lápiz verde porque no encontró el azul de costumbre.
Al ver que debíamos marcharnos para siempre, me eché a llorar desconsolada. Papá se arrodilló a mi altura y me rodeó con sus brazos:
—Cariño, una casa no son más que cuatro paredes. Mientras permanezcamos