la ventana, pintados a mano con precisión milimétrica, destacaban tres pajaritos azules. El de la izquierda tenía el ala torcida.
Toqué la pared con la punta de los dedos:
—¿Cómo pudiste recrear esto?
—Con las fotografías del álbum familiar y artesanos restauradores —susurró él a mi espalda—. Aquella mesa es la original que quedó en el cobertizo; le restauré dos patas carcomidas y respeté la pequeña abolladura que le hiciste con el martillo de tu padre cuando eras niña.
Giré el rostro hacia el marco de madera de la entrada