Fui a darle una sorpresa a mi esposo en el hospital, y su colega me preguntó: “¿No te dijo nada?”

Mi teléfono vibró. Era un número desconocido, con una foto de la niña dentro de un auto y una frase: “Si quieren volver a ver a su hija, Andrés debe entregar los expedientes originales antes de la medianoche”.

 

Antes de la medianoche

—No lo hagas solo —le dije a Andrés, mientras él lloraba—. Ya no más secretos.

 

Mateo abrió por fin su secreto: las copias originales estaban

a la de Sofía, nuestra hija mayor, cuando era pequeña.

 

—La encontré. Pero Salvatierra acaba de sacarla de la clínica