donde estaba internada.
Mi teléfono vibró. Era un número desconocido, con una foto de la niña dentro de un auto y una frase: “Si quieren volver a ver a su hija, Andrés debe entregar los expedientes originales antes de la medianoche”.
Antes de la medianoche
—No lo hagas solo —le dije a Andrés, mientras él lloraba—. Ya no más secretos.
Mateo abrió por fin su secreto: las copias originales estaban
en un casillero del hospital, y además había enviado un respaldo a la fiscal Beatriz Montoya, que