Fui a darle una sorpresa a mi esposo en el hospital, y su colega me preguntó: “¿No te dijo nada?”

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A la mañana siguiente buscamos juntos entre los formularios. Había consentimientos médicos, permisos para compartir información y un documento firmado hacía once meses.

 

—No recuerdo haber firmado esto —dijo Andrés.

 

Era una autorización para transferir información clínica y muestras biológicas a una

empresa privada: Biomédica Altamira. Su dueño, Ricardo Salvatierra, era el director general del hospital, el mismo que había brindado por Andrés en nuestra última cena benéfica.

 

 

Renata me citó en una cafetería, con una carpeta gruesa y la cara cansada.

 

—Alba recibió