una mansión en Cancún valuada en millones de dólares.
Lloré por Roberto hasta que me dolieron las costillas.
Y luego dejé de llorar.
Porque en medio de aquella humillación, de aquella podredumbre disfrazada de familia, nació una certeza fría y perfecta dentro de mí:
Iba a dejarlos creer que yo no tenía nada.
Iba a dejar que Patricia se sintiera reina.
Iba a permitir que Marcos viera hasta dónde era capaz de caer sin la sombra de su padre encima.
Y cuando llegara el momento, cuando todos hubieran mostrado su