La primera vez que mi nuera me llamó estorbo fue delante del retrato de mi esposo recién muerto.
Ni siquiera habían pasado dos horas desde que regresamos del cementerio cuando Patricia se plantó en medio del vestíbulo de la casa, con sus tacones todavía manchados por la lluvia del panteón, y señaló mis maletas apiladas junto al garaje como si fueran bolsas de basura. El olor a lirios del funeral seguía pegado a mi vestido negro. Yo todavía sentía en la palma el frío de la mano de Roberto antes