mi lugar en el mundo.
Y eso, ni con todo el dinero de la herencia, se puede comprar.
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Era un chantaje elegante. Pero seguía siendo chantaje.
Me levanté, caminé hasta la ventana y miré el jardín donde Roberto y yo habíamos sembrado limoneros en macetas. Sentí su presencia como una mano firme en mi espalda.
—¿Saben qué es lo más triste? —pregunté sin voltear.
Ninguno respondió.
—Que todavía creen que yo soy la única persona de esta casa que guarda documentos.
Me giré. Saqué otra carpeta. La de Celia.