A veces cocinaba para los vecinos. A veces simplemente me sentaba en la terraza a recordar a Roberto con una nostalgia limpia, ya sin la suciedad de la humillación encima.
Marcos me llamaba cada domingo. Al principio, nuestras conversaciones eran torpes. Luego comenzaron a llenarse de verdad. Me contaba de los niños, de sus avances en terapia, del miedo que le daba volver a confiar en alguien. Yo lo escuchaba sin resolverle la vida. Aprendí también a no convertirme en la mujer que administra el alma de su hijo adulto.