que la lluvia del funeral: aquella escena no había sido improvisada. Lo habían hablado antes. Lo habían planeado. Habían esperado a enterrar a Roberto para quitarse la máscara.
Me incliné, tomé una de mis maletas y sentí el tirón en la espalda. Nadie se movió para ayudarme. Nadie. Subí la mirada y me encontré con el retrato de bodas que colgaba sobre la escalera: Roberto y yo, jóvenes, sonriendo, ignorantes de que la vida podía volverse tan salvaje.
Entonces hice algo que Patricia jamás imaginó.
Asentí.
Eso fue todo. No