no llegar sola.
Uno de los agentes pidió a Carrillo que entregara copia del poder que pretendían hacerme firmar. El notario intentó explicar que era “un borrador”. Mi abogada señaló que el documento ya estaba preparado con facultades que jamás habíamos negociado y que el psiquiatra se encontraba estacionado a menos de una cuadra con personal de una clínica privada.
Rodrigo perdió el control.
—¡Todo esto es culpa de mi madre! ¡Ella hizo lo de la empresa, ella protegió a Fernanda!
—Y tú usaste mi firma —le respondí—. Tú metiste