PARTE 1
—¡Mañana vas al banco, sacas los diez millones de pesos y se los depositas a mi hermano! ¡No voy a permitir que lo dejes perder la casa de sus sueños!
Mi esposo, Ricardo, me gritó aquello mientras sostenía mi celular. Llevábamos dos años casados y jamás lo había visto mirarme con tanto desprecio.
Lo más aterrador no fue su exigencia, sino la facilidad con la que intentó transferir el dinero sin pedirme permiso.
Pero para entender cómo llegamos a ese momento, tengo que regresar al día en que