A los 64 años empecé a ir sola a desayunar a una cafetería cerca de casa todos los sábados. Mi marido se reía de mi pequeña costumbre hasta que un día decidió acompañarme sin preguntarme. Me sorprendió descubrir que no quería que viniera.

casa. Pedí café con leche y una tostada con tomate y aceite. Me senté junto a la ventana. Estuve allí casi una hora. Leí un periódico que había sobre la mesa, miré a la gente pasar y no hablé con nadie. Me gustó muchísimo.

El sábado siguiente volví. Después se convirtió en mi costumbre. Me arreglaba un poco, cogía el bolso y salía alrededor de las nueve. La camarera, Encarna, ya sabía qué tomaba. Algunas veces llevaba un libro. Otras simplemente miraba el móvil o me quedaba pensando.

Cuando se