A los 64 años empecé a ir sola a desayunar a una cafetería cerca de casa todos los sábados. Mi marido se reía de mi pequeña costumbre hasta que un día decidió acompañarme sin preguntarme. Me sorprendió descubrir que no quería que viniera.

lo conté a Salvador, se rio. «Mira tú, ahora tienes tu desayuno de señora». No me molestó. Durante varios meses aquello fue mío.

Hasta que un sábado, mientras me ponía la chaqueta, Salvador dijo: «Espera, voy contigo». Mi primera reacción fue decir: «¿Para qué?». Se quedó sorprendido. «Para desayunar contigo». No tenía ninguna razón razonable para negarme.

Fuimos. Salvador habló todo el camino. En la cafetería eligió una mesa diferente porque dijo que la mía estaba demasiado cerca de la puerta. Llamó a Encarna para pedir antes de que ella