prendedor que Camila había cosido detrás del lazo y lo colocó sobre su vestido, justo encima del corazón.
Su barbilla comenzó a temblar.
—Durante muchos años —dijo— me han regalado joyas, bolsos, cuadros, viajes…
Su voz se quebró.
—Pero nadie hacía algo para mí con sus propias manos desde que murió mi esposo.
Camila la miró muy seria.
—Entonces puede quedárselo.
Beatriz soltó una risa pequeña entre lágrimas.
Luego levantó los ojos hacia mí.
—Lucía…
Yo esperé.
—Fui cruel con usted.
No respondí.
—Creí que estaba protegiendo a mi hijo