“Hoy no, cariño”, le susurré a mi hija frente a unos zapatos rojos de $3.800. Su padre nos había abandonado y yo apenas podía pagar la renta. Ella no lloró; sacó un lápiz y empezó a dibujarlos en un recibo. Yo solo le tomé la mano… sin saber que el millonario detrás de nosotras acababa de escucharlo todo.

Camila corrió hacia él.

Yo permanecí junto a la puerta.

Alejandro se acercó.

—Pensé que habías dicho que no podías seguir conmigo.

—Eso dije.

—¿Y sigues pensando lo mismo?

Miré a Beatriz.

Después a Camila.

Finalmente a él.

—Creo que estaba asustada.

—Yo también.

—No pareces asustado.

—Soy desarrollador inmobiliario. Nos enseñan a ocultarlo detrás de planos y corbatas.

Me reí por primera vez en días.

Alejandro extendió la mano.

No me jaló.

No decidió por mí.

Esperó.

Exactamente como aquella primera vez frente a los zapatos rojos.

Tomé su