porque sabía que su madre no podía comprarlos.
Volvió a mirarme.
—Y una mujer que aceptó un regalo solo después de encontrar la forma de devolver otro.
Respiró.
—Ustedes no llegaron a completar mi vida, Lucía. Me enseñaron que todavía podía construir otra.
Sentí que las lágrimas me quemaban.
—¿Te casarías conmigo?
—Sí.
No necesitó repetirlo.
—Sí.
Camila nos vio desde el otro lado de la pista.
Patinó hacia nosotros demasiado rápido.
—¿Dijo que sí?
—Dijo que sí —respondió Alejandro.
Camila gritó tan fuerte que tres personas voltearon.
Luego se