Antes de partir, mi pequeña me dio una pista: “No confíes en nadie, papá, abre el muñeco”. Días después cumplí su deseo y hallé un dispositivo que exponía un pacto: mi familia saboteó su salud para robar tres millones y medio en donaciones. Guardé el aparato, fui a su casa y puse la grabación sobre la mesa. El secreto salió a la luz.

compañeros apenas se servían el café. Don Pancho, mi jefe, un viejo norteño que siempre traía un palillo en la boca, solía decirles a los nuevos: “Mateo entiende a las máquinas mejor que a su propia esposa, por eso lo dejaron”.

No me ofendía, porque Don Pancho tenía razón a medias. Mi esposa, Valeria, nos abandonó cuando Sofi cumplió tres años. Simplemente hizo sus maletas y se fue, apareciendo de vez en cuando solo para llorar, prometer que iba a cambiar y volver a desaparecer. Desde entonces, mi vida era