compañeros apenas se servían el café. Don Pancho, mi jefe, un viejo norteño que siempre traía un palillo en la boca, solía decirles a los nuevos: “Mateo entiende a las máquinas mejor que a su propia esposa, por eso lo dejaron”.
No me ofendía, porque Don Pancho tenía razón a medias. Mi esposa, Valeria, nos abandonó cuando Sofi cumplió tres años. Simplemente hizo sus maletas y se fue, apareciendo de vez en cuando solo para llorar, prometer que iba a cambiar y volver a desaparecer. Desde entonces, mi vida era