la fábrica y mi hija. Intentaba ser un buen padre, aunque a veces las cosas me salían mal. Un día quise calentarle la cena y dejé la olla tanto tiempo en la estufa que el metal se fundió con la parrilla. Sofi, con su carita seria, llevaba a las visitas a la cocina como si fuera guía de museo: “Miren, mi papá arregla turbinas gigantes, pero en la casa quema todo”.
Sofi no era una niña común. Era de esos niños que te hacen sentir que los adultos somos los