y el hermano de mi exesposa, mi cuñado Héctor, aparecieron como supuestos ángeles salvadores. “Tú vete a trabajar, nosotros nos encargamos del papeleo y de cuidarla”, me decían. Yo, ahogado en desesperación, les entregué el control de todo. Les di mi confianza ciega.
Sofi no resistió. La perdí un martes por la madrugada. Después de enterrarla, destrozado, me senté en su cuarto oscuro, abracé al Comandante y sentí algo duro en su estómago. Tomé unas tijeras, corté el hilo y saqué un pequeño reloj inteligente infantil, uno que le había