Antes de partir, mi pequeña me dio una pista: “No confíes en nadie, papá, abre el muñeco”. Días después cumplí su deseo y hallé un dispositivo que exponía un pacto: mi familia saboteó su salud para robar tres millones y medio en donaciones. Guardé el aparato, fui a su casa y puse la grabación sobre la mesa. El secreto salió a la luz.

que no entendemos nada del mundo. Era bajita, delgadita, pero con una mirada penetrante. No hacía berrinches. Cuando le dolía algo, apretaba los labios y, si yo no ponía atención, ni cuenta me daba. Su mejor amigo era “El Comandante”, un conejo de peluche deslavado, con una oreja más larga que la otra y una costura chueca en la panza.

Todo se fue al carajo cuando llegó el diagnóstico: un tumor agresivo. Entramos en un infierno de quimioterapias, pasillos de hospital y pronósticos reservados. Fue entonces cuando mi hermana Carmen