que no entendemos nada del mundo. Era bajita, delgadita, pero con una mirada penetrante. No hacía berrinches. Cuando le dolía algo, apretaba los labios y, si yo no ponía atención, ni cuenta me daba. Su mejor amigo era “El Comandante”, un conejo de peluche deslavado, con una oreja más larga que la otra y una costura chueca en la panza.
Todo se fue al carajo cuando llegó el diagnóstico: un tumor agresivo. Entramos en un infierno de quimioterapias, pasillos de hospital y pronósticos reservados. Fue entonces cuando mi hermana Carmen