dijo él.
La voz le salió demasiado rápida. Demasiado preparada. Clara bajó los ojos otra vez. Debajo de esa primera línea había más palabras escritas con una presión desigual, como si su hijo hubiera apoyado el papel sobre sus rodillas dentro del armario. Algunas letras se hundían. Otras se cortaban a mitad de camino.
La otra mujer se apartó de la cama con la sábana apretada contra el pecho. Miró la manija marcada, luego la hoja, luego a Clara. Y ahí se quebró de verdad.
“Yo no sabía que estaba