mantener cerrada.
—No digas nada de antes —murmuró.
Mi madre dejó caer la cuchara.
El sonido contra el plato fue pequeño, pero en aquella sala pareció partir el aire. La tía Nadiya se llevó una mano al pecho y se hundió en la silla, temblando, mientras Petro repetía que no, que esa historia no debía volver, que ya había pasado demasiado tiempo.
Y entonces, desde el teléfono, la voz preguntó:
—Oksana… ¿estás hablando del mismo hombre que apareció en aquel informe antiguo?
Mi padre dejó de frotarse los nudillos.