sin siquiera despedirse de nuestra hija recién nacida.
La llamé decenas de veces.
Nada.
Contacté con sus amigos, su hermana, sus padres, con todos los que se me ocurrieron.
Nadie parecía saber dónde estaba.
Durante tres días, apenas dormí.
No dejaba de repasar nuestro matrimonio en mi cabeza.
¿Había estado planeando dejarme?
¿Se sentía abrumada por tener un quinto hijo?
¿Había sucedido algo durante el parto?
¿O había otra persona?
Ese último pensamiento me aterrorizaba.

Laura y yo llevábamos doce años casados. Discutíamos como cualquier pareja, pero nunca había creído