PARTE 1
—¡Te prohíbo tocar ese cuadro! ¡Ni siquiera para quitarle el polvo! Y si algún día lo encuentro movido, vamos a tener un problema muy serio.
Mi esposo, Arturo, me dijo aquellas palabras mientras colgaba un enorme paisaje del mar sobre la cómoda de nuestra recámara. Llevábamos once años casados y jamás lo había visto tan alterado por algo tan insignificante.
—¿Desde cuándo te importa tanto una pintura? —pregunté.
—Es antigua, Lucía. Vale mucho dinero y no quiero que la dañes.
Lo más extraño era que había quitado nuestra