Dieciocho meses después de salir de prisión, regresamos a un tribunal.
Esta vez Miguel no llevaba esposas.
El juez revisó la grabación, la coartada, los documentos del antiguo abogado, el análisis de la chamarra y la declaración de mi abuela.
Cuando dijo que la condena quedaba anulada, Miguel no reaccionó.
Le apreté la mano.
—Tío, ya terminó.
—¿Qué?
—Eres libre de esto.
Me miró como un niño perdido.
—¿Puedo irme?
Esa pregunta me rompió.
Veinte años después, aun con un juez reconociendo que la condena no debía seguir en pie,