Mi tío cumplió veinte años por un asesinato y, al salir, su propia familia lo dejó durmiendo entre ruinas; cuando quise ayudarlo, mi padre me gritó: “Si te vas con él, no vuelvas”. No discutí. Tomé su caja de hierro y me fui. Dentro había una factura firmada, cartas nunca abiertas y una voz grabada que cambiaba quién era realmente el culpable.

—¿Dónde está la cinta?

Miguel, todavía débil, se levantó de la cama y se puso delante de mí.

—No la toques.

Tomás se burló.

—¿Qué vas a hacer?

Miguel lo miró sin bajar la cabeza.

—Ya conozco una prisión. Tú todavía no.

El notario recogió sus papeles y se marchó.

Mi padre me señaló la salida.

—Si te vas con él, no vuelvas a mi casa.

Tomé la bolsa de Miguel.

—Eso ya me lo habías ofrecido gratis.

Me fui.

Dos días después ocurrió algo que nunca esperé: mi madre